15 d’abril de 2009

Poner la música al servicio de la paz en Oriente Medio tiene un alto precio

Wafaa Younis, amenazada por crear una orquesta de niños palestinos. Es profesora de música en varios centros israelíes pero es cada lunes y cada miércoles, cuando cruza la frontera para enseñar a los niños palestinos del campo de refugiados de Jenin, es cuando realmente desarrolla su verdadera vocación. Su pasaporte dice que es árabe israelí pero Wafaa Yunis asegura que lo importante es trabajar para borrar esas distinciones y que “un día desaparezcan las fronteras y las barreras psicológicas porque lo verdaderamente viable es que todos sean un pueblo y un país, en el que convivir en paz”. Unas ideas revolucionarias que no gustan en muchos sectores de las sociedades palestina e israelí pero, sobre todo, entre los dirigentes y grupos armados del campo de refugiados que la consideran un “elemento peligroso para la causa palestina”. Y es que precisamente Jenin, se convirtió, a partir de 2002, en el símbolo de la resistencia, cuando el gobierno del entonces primer ministro israelí, Ariel Sharon, lanzó la llamada Operación Muro Defensivo para reocupar las principales ciudades de Cijordania y decenas de milicianos de la Yihad Islámica se atrincheraron en el campo de refugiados donde se libraron los enfrentamientos más cruentos con el Tsahal, el ejército hebreo.

Destruir el espíritu
El pasado 25 de marzo, Wafaa logró el permiso de las autoridades israelíes para que 13 de sus alumnos del campo de refugiados de Jenín, de entre 11 y 17 años, saliesen de Cisjordania para dar un concierto en la ciudad israelí de Holon. Se trataba de una acto benéfico con motivo del Día de las Buenas Obras patrocinado por la multimillonaria judía de origen norteamericano, Shari Arison. Participaron varios supervivientes del Holocausto y se recordó a Gilad Shalit, el soldado hebreo capturado en Gaza hace casi tres años. Los jóvenes músicos palestinos de su orquesta, Cuerdas de Libertad, comenzaron interpretando con sus violines y darbukas el tema Cantamos por la Paz, un clásico de su repertorio. También disfrutaron de la playa y visitaron algunos museos de Tel Aviv, pero nada de lo que allí sucedió fue visto con buenos ojos por el director de los Comités Populares del campo de refugiados, Adnan al-Hindi, ni por Zakaria Zubeidi, el líder de las Brigadas de los Mártires de al-Aksa, el brazo armado de Al Fatah, el partido del presidente palestino. “Los niños han sido engañados para servir a los intereses del enemigo y destruir el espíritu palestino del campo”, le recriminó al-Hindi. Días después, los hombres de Zubeidi la expulsaron a punta de Kalashnikov y la entrada a la escuela fue sellada con tablones. “Conozco a Zakaría. Su hijo fue alumno mío cuando tenía cuatro años y vino con la orquesta a tocar a Haifa. No he hecho nada que entonces no hiciera pero no me dan miedo. Mis alumnos y sus familiares han levantado un muro entre mí y mis agresores”, dice. Ha recibido reiteradas amenazas de muerte por su empeño en acercar a israelíes y palestinos y el miedo sí ha hecho mella entre quienes apoyan su labor en el campo de refugiados. “La semana pasada fui a ver a los padres de una alumna para explicarles lo sucedido y ver si le dejarán seguir asistiendo a las clases. Son una familia que me aprecia mucho pero, la madre, en cuanto entré, no pudo ocultar sus temores. Atrancó la puerta de la casa, cerró las ventanas y me confesó que estaba preocupada por si alguien me había visto llegar”, cuenta entristecida. Unos días antes, las calles del campo de refugiados aparecieron sembradas de panfletos en los que se advertía a los palestinos de que no participasen en un futuro en actos de ese tipo organizados por Wafaa y en los que, según las octavillas, se “se explota a los niños”. A pesar de ser persona non grata para muchos de los 15.000 residentes del campo, Wafaa ha seguido durante años recorriendo dos veces por semana la hora de camino que separa su pueblo natal, Ara, de Jenin para impartir clase gratuitamente. Asegura que el próximo lunes, pese a las amenazas, volverá a hacerlo. “El ser humano debe hacer cosas buenas cada día y ésta, para mí, es una de ellas”, asegura.


Brisa fresca en la dura vida
Ha sabido ganarse el cariño de sus 60 alumnos y de algunos vecinos que ven en ella una ventana por la que entra brisa fresca en las duras vidas de los chavales. Ella misma paga de su bolsillo los 150 dinares jordanos (unos 158 euros) que cuesta el alquiler de la casa en la que imparte sus clases. “He pedido ayuda al gobierno israelí y al palestino porque necesito flautas y saxofones pero ninguno colabora”, se queja. Al margen de las dificultades económicas, Wafaa sólo piensa en reabrir el conservatorio —como ella lo llama— y llevar a cabo su siguiente proyecto: dar un concierto el próximo verano en Gaza.